La guerra cognitiva: un nuevo dominio en disputa
En 2021, la OTAN introdujo un debate significativo en su doctrina militar: ¿deben los dominios clásicos de conflicto, tierra, mar, aire, ciberespacio y espacio exterior, ampliarse para incluir un nuevo territorio? La propuesta era la cognición humana. A ese dominio se lo denominó guerra cognitiva, y su comprensión resulta cada vez más necesaria para pensar los desafíos contemporáneos de la información y la tecnología.
Más allá de la desinformación
Existe una tendencia a reducir este fenómeno al problema de la desinformación: contenido falso, cuentas automatizadas, material audiovisual manipulado. Sin embargo, esta lectura resulta insuficiente. La desinformación funciona como vehículo, pero no como objetivo último. Lo que está en juego es algo más profundo, la arquitectura cognitiva misma mediante la cual los seres humanos procesan la información.
La guerra cognitiva no se limita a generar confusión mediante datos falsos. Su propósito es más preciso, busca interferir en los propios sistemas de procesamiento de la información, con el fin de degradar nuestra capacidad de orientación y de toma de decisiones. Para ello explota sesgos cognitivos ampliamente documentados como el sesgo de confirmación, el sesgo de disponibilidad, la fatiga de decisión, etc, ya no de forma artesanal sino de manera sistemática y automatizada, a una escala sin precedentes históricos.
Se trata, entonces, de un fenómeno que excede lo puramente tecnológico y que entra de lleno en el terreno de la psicología y las neurociencias.
La inteligencia artificial como vector de intervención
Los sistemas conversacionales de inteligencia artificial generativa, los grandes modelos de lenguaje (LLMs) que hoy utilizan millones de personas, no se limitan a informar o a facilitar tareas. Están generando algo cualitativamente distinto: vínculos de confianza con sus usuarios.
Este fenómeno no es casual. Resulta de la combinación entre capacidades técnicas, decisiones de diseño de interfaz y factores geopolíticos y comerciales que atraviesan el desarrollo de estos sistemas. Tampoco es enteramente nuevo: ya en la década de 1960, Joseph Weizenbaum documentó un fenómeno análogo con el conocido “Efecto Eliza”, al observar que las personas atribuían comprensión y empatía a un programa que se limitaba a reformular patrones de texto.
Lo que ha cambiado sustancialmente es la escala y el nivel de sofisticación. La sensación de intimidad generada por el diseño de estas interfaces, el tono de autoridad que proyectan estos modelos, y el uso sistemático de vulnerabilidades individuales, identificadas y explotadas en función de intereses corporativos que configuran una forma de acceso al espacio privado de las personas sin precedente comparable en la historia de la propaganda.
Podríamos preguntarnos ¿Por qué se produce esta delegación creciente de funciones cognitivas? Una hipótesis plausible es que la sobreabundancia informativa, junto con la erosión generalizada de la confianza institucional, hace que delegar el procesamiento y la evaluación de la información resulte, en términos prácticos, más viable que sostenerlo de manera autónoma.
La saturación informacional como mecanismo
Un segundo mecanismo, menos visible pero igualmente relevante, es la fatiga cognitiva.
El volumen de información actualmente disponible es suficiente para agotar la capacidad crítica de cualquier individuo. Este punto merece ser subrayado: ni la sobreabundancia informativa ni las estrategias de desinformación tienen como objetivo principal convencer sobre una versión particular de los hechos. Su función es otra y mucho más eficaz: generar un desgaste que conduce al abandono progresivo de la evaluación argumentativa y del pensamiento crítico.
Cuando ese desgaste cognitivo se produce, el criterio de decisión que permanece disponible es el registro emocional. Es en ese punto donde la intervención alcanza su efecto más significativo.
Los límites de las respuestas técnicas
La guerra cognitiva no opera sobre hechos aislados, opera sobre la arquitectura misma de nuestras creencias, nuestros marcos de interpretación del mundo y, en consecuencia, sobre nuestros procesos de evaluación y decisión.
Por este motivo, las respuestas de carácter estrictamente técnico como sistemas de detección de contenido generado por inteligencia artificial, marcas de agua digitales, herramientas de verificación de datos si bien son necesarias, son también claramente insuficientes. Constituyen abordajes parciales de un problema considerablemente más complejo. Una respuesta adecuada requiere incorporar una dimensión distinta: la comprensión, desde la psicología y las ciencias cognitivas, de los mecanismos mediante los cuales estas dinámicas operan sobre los individuos, tanto en el presente como en sus proyecciones futuras.
Esa comprensión de naturaleza psicológica y no meramente técnica es lo que puede denominarse defensa cognitiva. Su desarrollo, tanto a nivel individual como colectivo, constituye uno de los principales desafíos de la presente década para poder empezar a navegar este medioambiente sociotécnico en el que nos vemos envueltos.
Isha Kim coordina la Diplomatura de Inteligencia artificial aplicada a las artes multimediales en la UNA (Universidad Nacional de las Artes), en Buenos Aires Argentina. Trabaja en la interseccion entre psicologia, arte y tecnologia. Con foco en el pensamiento critico, la salud mental y los efectos de la inteligencia artificial en la subjetividad contemporanea.